Él tenía la mirada del solitario. Una mirada extraña, difícil de desentrañar, brillante pero oscura al mismo tiempo, con una pátina de misterio que atraía a quien la miraba con recelo.
Ella paseaba despertando al mundo de su letargo callado, pintando los cuadros de los artistas callejeros, componiendo las letras de los músicos sin techo, dando color a las flores del concurrido mercado alborotado.
Él no creía en el tiempo, y el tiempo no creía en sus pasos. Y sus pasos jamás hicieron eco. Pactó con la Luna dormir despierto, y cuando dormía podía ver el mundo entero. Su voz era la del mismo viento.
Ella se enamoró de su silencio, de sus pensamientos, de su delgada figura entrecortada por un cielo cálido y tierno, sin darse cuenta de que era fría piedra, y no caliente cuerpo.
Él se dejó querer sin desvelar jamás su secreto: que si bien su alma no era humana, su amor sería eterno.
Ella se encerró con sus recuerdos, dentro de su cuerpo, dentro de sus piedras, dentro de su ser, y así quedaron por siempre, abrazados al incierto futuro de los amantes en secreto.

Nikon D200. Objetivo: Sigma 18-200mm F/3.5-6.3
Longitud Focal: 200mm
Modo de exposición: Manual
Modo de medición: Puntual
1/400 segundo(s) - F/6.3
Sensibilidad: ISO 100
Modo de AF: Manual
Fecha: 15/02/2007. 17:41 h.
Lugar: Chinchón (Madrid)