Caminando por donde las guías no mencionan palabra, uno se encuentra con pedazos de historia olvidada que, poco a poco, van desapareciendo víctimas de la desidia y la dejadez. Las Lagunas de Ruidera van más allá de varias piscinas que maltratar y sobreexplotar en verano: su alma habla de naturaleza, fauna, flora y paisajes, pero también de historia e incluso "arqueología industrial". Porque estas preciosas lagunas fueron objeto de una masiva explotación hidroeléctrica a principios del siglo pasado. El grave daño que causaron estas centrales (todas ya fuera de servicio y en ruinas) da paso a la necesidad de recuperarlas para su conservación como verdadera "arqueología industrial". Sus edificios podrían albergar hoy magníficos observatorios, aulas de aprendizaje y concienciación, salas de exposición e interpretación y demás interesantes actividades inocuas que refuercen el turismo sostenible. Lástima que los ayuntamientos implicados (Ruidera y Ossa de Montiel) sigan prefiriendo la explotación de este Parque como si fuera uno acuático (arrasnado la flora y construyendo playas, hoteles y bares a milímetros del agua), obviando completamente el diamante que esconde tan maravilloso y misterioso lugar; y todo por un dinero fácil y rápido que está matando el Parque. Pero hay más de lo que ellos nos quieren vender.

Quisiera recuperar hoy la historia de la Central de Santa Elena, enclabada entre dos lagunas: la Batana y la Colgada. Es sólo una de las numerosas centrales existentes, pero quizá una de las más impresionantes y antiguas. De hecho, este mismo mes pasará a ser centenaria: en noviembre de 1909 se puso por primera vez en funcionamiento. El daño fue terrible: desecación de lagunas y muerte de la fauna. Pero los cien años de ingeniería y arquitectura que marcaron profundamente el lugar no pueden desaparecer bajo una mirada de escombros cualquiera. Es necesario transformar estas impresionantes construcciones y rehabilitarlas como un Parque Natural se merece.

La central de Santa Elena se alimentaba de una laguna superior gracias a la caída (40 metros) de un gran conducto construido aprovechando los cerros colindantes. Su producción (900 kW) se destinaba a las poblaciones cercanas y a la industria. Pero la naturaleza hídrica de las Lagunas de Ruidera (largos períodos de sequía seguidos de grandes y destructivas crecidas) imposibilitó su mantenimiento óptimo. Aún así, funcionó hasta poco antes de que este lugar se convirtiera en Parque Natural, ya en los 70. A pesar de su cierre, sus terrenos (no sólo los edificios, sino grandes extensiones de ribera e incluso lagunas) siguieron en manos de sus herederos (Unión Fenosa) que instalaron puertas y alambradas que impedían incluso el acceso al agua. Hoy estos cerramientos están destrozados y, gracias a la reciente sentencia que declara pública las aguas y riberas de Ruidera, nadie nos puede impedir acceder a estos rincones de historia local.

Por eso suelo adentrarme en los cadáveres de estos gigantes abandonados, comprobando que día a día se derrumban un poco más, mientras los usan los vándalos para sus pintadas y actos inciviles. Aún se puede uno imaginar el trajín de los obreros trabajando aquí, el ruido del agua y las máquinas y la batalla ganada por la Naturaleza cuando finalmente se les echó el candado. Pero aquí están los restos: las turbinas, los enormes conductos, los desagüaderos e incluso las casas de los empleados, aledañas al edificio principal. 
La historia de un lugar y sus gentes también la forman sus errores. Es necesario que no caigan en el olvido. Y menos todavía si podemos enmendar esos errores y transformarlos en un beneficio claro para la región.

Cuando la central de Santa Elena se abrió, la laguna de la que tomaba el agua padeció un brusco descenso en su caudal, mientras que la flora y la fauna era engullida por la boca de toma como si fuera un monstruo sin piedad. No eran raras las averías, no sólo por los cadáveres de patos y peces que entraban a las turbinas (a pesar de las rejas instaladas), sino por la composición química de estas aguas, tan especiales que convierten en piedra lo que tocan (de hecho, así es como se formaron estas lagunas), gracias al carbonato cálcico que desprenden. Las limpiezas tenían que ser frecuentes e intensas, lo que no repercutió favorablemente en el rendimiento productivo.
En 1972, este monstruo quedó sin vida; era demasiado caro y poco rentable.  Pero el daño ya estaba hecho: impacto visual y destrucción parcial de las riberas. Hoy sigue ahí, oculto entre una carretera, el cerro y la propia laguna, recordándonos que hay cosas que fuera de su lugar son monstruos tan absurdos como la avaricia y la codicia. Desde su privilegiada posición (magnífica para un mirador-observatorio-aula de interpretación) duerme esperando pusilánime su incierto futuro. ¿Dejarán las administraciones que todo se convierta en un montón de escombros en pleno Parque Natural o actuarán para aprovecharlas con un uso racional y pedagógico? Iluso de mí...