Cada camino que parte de algún lado esconde en su cuerpo de serpiente los pasos de todos los que lo pisaron. Esos pasos silenciosos del que busca escondite. Esos pasos furtivos del que huye de algo, de todo, de nada. Esos pasos en la callada madrugada. Esos pasos acompañados del calor del sol del verano. Veo los caminos como seres inertes pero imprescindibles, sin los que el ser humano estaría perdido, vagando sin rumbo, sin sentido, torpe y penoso. Caminos serpenteantes que atraviesan cumbres y riscos, montañas y valles, ríos y riberas. Se adaptan al paisaje, mimándolo y cuidándolo. Es ahí, en cada pisada en el terreno, donde el caminante deja parte de su alma, que recupera paradójicamente a cada caminata. Porque el alma que se queda no se descuenta de nuestro saldo; sirve para enriquecer la del que llega. Y así, a cada paso, nuestras almas se mezclan, confluyen, conviven y perpetuan. Paso a paso. En el camino que nos lleva. El que ayer fue sueño, hoy realidad y mañana nada. Y seguimos caminando...

Si nos dejan...