El forastero llegó a la extraña y bella ciudad. Se encaminó hacia un lugareño que se protegía de la nieve que caía copiosamente, mojando el paisaje a su alrededor con inmaculada blancura. "Perdóneme, buen hombre", le dijo. "¿Podría decirme por dónde queda el centro de tan hermosa ciudad?" El vecino levantó su cabeza, cubierta de canas que se confundían con la nieve caída sobre su pelo lleno de sabiduría, y esbozó una sincera y entrañable sonrisa. "Por supuesto, hermoso", le replicó con aquél piropo que se usaba con frecuencia en el lugar indistintamente a conocidos y extraños. "¿Ve usted aquél arco de allí? Sólo tiene que cruzarlo y continuar recto. Llegará sin pérdida al corazón del pueblo." El forastero agradeció la información llevándose la mano a su sombrero, completamente nevado, mientras dirigía sus pasos hacia ese arco que dividía y unía, al mismo tiempo, la gran plaza en la que estaba con el Palacio que quedaba a su derecha. Justo debajo de él, se volvió para volver a contemplar a su benefactor mojarse impávido. Pero allí sólo quedaba el reflejo del real edificio en el encharcado suelo. Cuando le comentó lo que había vivido al dueño de la cercana taberna, éste le miró confiado mientras le tranquilizaba: "Tranquilo; es Ángel. Un vecino muy querido que murió hace unos años." El forastero, lejos que asimilar la información de forma tranquilizadora, notó un calambrazo en el espinazo que le revolvió las tripas. "¿Cómo dice usted? ¿Muerto hace años? ¿Y cómo me lo dice así de tranquilo? ¿Y cómo es que le vi con mis propios ojos?" El tabernero le puso una mano en el brazo y, al notar su temblor, le explicó: "Ángel era la mejor persona que jamás ha pisado este lugar. No sólo nunca le hizo daño a nadie, sino que jamás se negó a ayudar a quien pudiera. Usted mismo se ha beneficiado de su gentileza, aunque él esté muerto". El forastero se tranquilizó pero, aún así, había algo que evidentemente no le cuadraba: "¿Cómo es que todavía puedo verle y oírle?" El tabernero le constestó sereno y melancólico: "Porque nosotros, sus vecinos, sus amigos, sus familiares... gracias a nuestros recuerdos, a nuestro cariño y a nuestra simpatía por él, jamás le dejamos morir. Una persona como él nunca se lo merecería." El forastero salió a la calle con una sonrisa en los labios y un pensamiento en su cabeza: existe la inmortalidad, aunque sólo está al alcance de ciertas personas...
Cámara: Nikon F65. Tamron 28-200 mm.
Fotografía: Datos desconocidos
Lugar: Real Palacio de Aranjuez (Madrid).
Dedicado a Ángel, un alma que nos dejó esta semana y no merece desaparecer en el olvido.

Qué buena historia. Esperanzadora. Mientras estemos en el corazón y recuerdos de las personas, nunca moriremos.
La foto es preciosa, muy buen punto de vista. Me encanta el juego que dan los arcos de Aranjuez
Preciosas tus letras para Ángel. Seguramente en tu recuerdo será eterno.
Un beso.
Bonita foto y más bonita aun la historia que la acompaña. Siento lo de Angel. Seguro que gracias a ti, También se hará inmortal.
Nadie desaparece mientras su recuerdo perdura en nuestros recuerdos; nadie muere mientras su ausencia acompaña nuestra presencia en el camino ... que es también su camino en el recuerdo.... ¿y qué mejor recuerdo y presencia que las bellas palabras que le has dedicado ? ....ánimo y fuerza amigo ...
Precioso cuento, que podría formar parte de un libro de leyendas sobre Aranjuez, que habría que escribir entre unos cuantos. ¿No os parece buena idea? Héctor, ánimo y lidéralo. Que 2009 nos traiga más felicidad y sobre todo, más paz que 2008. Abrazo cálido