Recuerdo aquella noche como si fuera ayer. Miré al cielo y, sin entrada ni asiento reservado, la Luna me regaló un espectáculo gratuito sin bises. No pude más que aceptar su invitación (¡qué necio no lo haría!) y disfrutar de su belleza. Y así, coqueta, jugó a desaparecer, cambiar de color, menguar y crecer a su antojo. Tras horas de ensimismada observación, rompí en una silenciosa ovación que nadie más que ella escuchó. Al final, volvió a ser la cara blanca que siempre vela por nosotros.
Esta noche fría recorro las dormidas calles con el peso siempre plomizo de la melancolía en mi espalda y la veo guiñarme un ojo para robarme una leve sonrisa. "Buenas noches", susurro; "Mañana, al menos mañana, ambos despertaremos."

Cámara: Nikon D200. Sigma 18-200mm.
Fotografía: Tomada de varias instantáneas. 3 de marzo de 2007
Lugar: El cielo de Aranjuez